Las antiguas salas de cine de Saltillo  

Ariel Gutiérrez Cabello 

A inicios del siglo XX, Saltillo se encontraba en plena transformación. Las calles de la ciudad veían cómo los carruajes convivían con los primeros automóviles, y los saltillenses, tanto los de la alta sociedad como los del pueblo, buscaban nuevas formas de entretenimiento. Mientras las familias acomodadas llenaban los elegantes teatros para disfrutar de zarzuelas y obras teatrales, el cine, un invento aún reciente, comenzaba a abrirse paso como una opción popular y accesible.

En aquellos días, no se necesitaba más que una sábana blanca como pantalla y un proyector para armar una función. Las carpas itinerantes, montadas en terrenos baldíos, ofrecían un escape a la rutina diaria. Con el permiso de las autoridades, los empresarios locales proyectaban cintas breves, de no más de unos minutos, pero que eran suficientes para despertar el asombro de los espectadores.

El 27 de julio de 1910, Saltillo vio nacer uno de sus recintos más imponentes: el Teatro García Carrillo. Con 600 butacas, este majestuoso teatro fue el orgullo de la élite saltillense. Durante ocho años, sus paredes resonaron con aplausos y risas ante zarzuelas, obras dramáticas y proyecciones cinematográficas. El 1 de diciembre de ese mismo año, el teatro se vistió de gala para proyectar más de dos mil metros de película. Los títulos, Peripecias de un pantalón, Cama con ruedas y Sr. Polichinela, entre otros, ofrecían un humor sencillo, pero encantador. Sin embargo, el destino fue cruel. En septiembre de 1918, un incendio consumió el teatro poco antes de la representación de El loco Dios, dejando a la ciudad sin uno de sus principales espacios culturales.

Por otro lado, la Carpa Modelo, que operaba desde 1911, ofrecía un tipo de espectáculo más accesible para la población. Ubicada en la calle Victoria, se anunciaba como el “Gran Cinematógrafo Pathé”, una clara referencia a la Casa Pathé Frères de París, la más importante productora de películas de la época. Durante tres meses, el señor J. Hipólito Ruiz ofreció funciones de cine en esta modesta carpa, que aunque sencilla en comparación con el Teatro García Carrillo, se ganó el corazón del pueblo.

El solar en Victoria 16, después de la Carpa Modelo, se convirtió en 1913 en el Teatro Morelos. Con el empresario Armando Dávalos al frente, este espacio ofreció drama, zarzuelas, bailes y proyecciones de cine. Para 1916, el teatro cambió de nombre a Teatro Cine Palatino, en honor a las colinas de Roma, y siguió ofreciendo funciones hasta 1918.

Mientras tanto, en la calle de Aldama, entre Acuña y Xicoténcatl, surgió otro coloso de la cultura: el Teatro Obrero, inaugurado el 22 de agosto de 1917. Con capacidad para más de 1,800 personas, este teatro no solo ofrecía cine, sino también zarzuelas y conciertos. En su inauguración, el chelista Conrado Medrano, el pianista Jesús Flores y el violinista Antonio Ortiz deleitaron al público con un recital. Los martes, el teatro se transformaba en un espacio de risas y diversión, con las famosas "tardes de buen humor", mientras que los domingos se convertía en el lugar predilecto de las familias, con matinées que comenzaban a las diez de la mañana.

El Teatro Obrero, bajo la administración de los hermanos Adolfo y Antonio Rodríguez Santos, ofreció un sinfín de espectáculos y proyecciones hasta 1950, cuando cambió su nombre a Cine Saltillo, y operó hasta 1964. Sus funciones de cine por la tarde eran todo un evento, con la música de la orquesta de José Tapia R. acompañando las proyecciones, creando una atmósfera única en la ciudad.

Finalmente, en 1918, Laureano de León abrió el Cine Apolo en el mismo solar que había albergado a la Carpa Modelo y al Teatro Morelos. Durante cuatro años, el Apolo ofreció funciones de cine, hasta que en 1922 los hermanos Rodríguez tomaron su control y lo trasladaron a la calle de General Cepeda. Lamentablemente, una inundación en 1928 puso fin a la historia del Cine Apolo, cerrando un capítulo más en la rica y variada historia de los primeros espacios dedicados al cine en Saltillo.

Cada uno de estos lugares, desde los lujosos teatros hasta las modestas carpas, fue testigo del auge del cine y del teatro en Saltillo, convirtiéndose en testigos mudos de la vida cultural y el entretenimiento de una ciudad que empezaba a abrazar con fervor las maravillas del séptimo arte.

 


 

Teatro Obrero destinado especialmente para las familias de los obreros, siempre fue un centro de diversión popular, en la década de los años cincuenta cambio de nombre a Cine Saltillo.

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